29 de noviembre

En el Lugar de La Cercanía

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En el Lugar de La Cercanía

Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni los poderes, ni las cosas presentes ni las cosas por venir, ni la altura ni la profundidad, ni ninguna otra cosa creada, podrán separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, nuestro SEÑOR. - Romanos 8:38–39

En el libro del Génesis, leemos cómo el patriarca quiso que su familia residiera en Gosén, un nombre que significa "acercándose". Su deseo era que estuvieran cerca de él, y les aseguró: "Allí os proveeré" (Gén. 45:11).

Incluso en medio de la adversidad o la hambruna, nuestro proveedor celestial desea que nos mantengamos cerca de Él para brindarnos todo lo que necesitamos. Esta cercanía no solo implica provisión, sino también protección. En el Éxodo, Dios mismo declaró: «Separaré la tierra de Gosén, en la que habita mi pueblo, para que no haya enjambres de moscas» (Éxodo 8:22).

De hecho, en la tierra de Gosén, el pueblo estuvo a salvo de cada una de las diez plagas que asolaron Egipto. Durante la penúltima plaga, una oscuridad densa y paralizante cubrió la tierra de Egipto por tres días. Sin embargo, mientras el resto del país padecía, "todos los hijos de Israel tenían luz en sus moradas" (Éxodo 10:23).

Esta oscuridad que cubrió Egipto debió ser sobrenatural, ya que los egipcios no pudieron disiparla con recursos naturales. De manera similar, la luz que los israelitas disfrutaron en Gosén era sobrenatural, una luz que la oscuridad trató de apagar, pero fue incapaz de lograrlo.

Esta narrativa bíblica tiene una profunda resonancia en nuestros días. Vivimos en un tiempo donde una oscuridad, a menudo de naturaleza sobrenatural, parece cubrir la tierra. No obstante, la Escritura nos asegura que, aunque la oscuridad sea profunda a nuestro alrededor, nosotros –la comunidad de creyentes y nuestras familias– podemos experimentar una luz que proviene de Dios en nuestros hogares. Aquellos que se han acercado a Él a través de la obra de Su Hijo pueden disfrutar de Su intimidad y de Su protección inquebrantable, viviendo libres de temor y victoriosos en estos tiempos desafiantes.

En esta proximidad con Dios, se establece una clara distinción entre Su pueblo y el mundo. Estamos presentes en este mundo, pero no pertenecemos a él (Juan 17:14). Somos de Su propiedad. Él anhela nuestra cercanía para poder refugiarnos bajo la sombra de Sus alas. Pagó el precio supremo para que tuviéramos el privilegio de ser llamados Sus hijos. ¡Cuán inmenso es el amor que el Padre nos ha otorgado, para que seamos reconocidos como hijos e hijas del Altísimo! (1 Juan 3:1).

Por ello, sin importar lo que acontezca en el mundo hoy, puedes mantenerte firme y valiente. La razón es simple, poderosa e inmutable: absolutamente nada podrá separarte del amor de Dios, tu Padre celestial.