09 diciembre

El Poder Transformador de la No Condenación

a black and white photo of a person sitting on the ground
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El Poder Transformador de la No Condenación

"Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo por Él fuera salvo." - Juan 3:17

La historia de la mujer sorprendida en adulterio en Juan 8:1–12 ilustra un punto crucial: ¿qué otorga a una persona el poder para superar el pecado? La amenaza de la ley era claramente ineficaz, pues no impidió que la mujer pecara. Sin embargo, recibir la aceptación de Jesús —saber que, aunque merecía la pena de muerte, Él eligió no condenarla— le proporcionó la fuerza necesaria para "ir y no pecar más".

Observa cómo Jesús ejerció Su justicia para salvar a la mujer. Él no anuló la ley con un simple acto de piedad, sino que dijo: "El que esté libre de pecado, sea el primero en arrojarle una piedra". Por su propia conciencia y voluntad, la multitud religiosa y los fariseos se retiraron. Es significativo que Jesús no le preguntó a la mujer sobre su pecado ("¿Por qué pecaste?"). En cambio, Su primera pregunta fue: "¿Nadie te ha condenado?".

Parece que Jesús estaba más enfocado en la condena que en el pecado en sí mismo. Su prioridad era asegurarse de que ella se fuera sin la carga de la condenación ni la vergüenza. No debemos invertir el orden de Dios. Dios establece el principio de "no hay condena" primero, y es este entendimiento el que capacita a la persona para "no volver a pecar".

La religión a menudo invierte este orden, exigiendo: "Primero deja de pecar, y luego no te condenaremos". Lo que necesitamos comprender es que al eliminar la condena, las personas son empoderadas para vivir una vida de victoria que verdaderamente glorifica a Jesús. La gracia genera un empoderamiento que parece sin esfuerzo, simplemente a través de la revelación de que ya no hay condenación. Es un don inmerecido que podemos recibir, porque Jesús pagó por él completamente en la cruz.

La realidad es que nadie de nosotros tenía derecho a lanzar la primera piedra, pues todos hemos pecado y fallado. En Cristo, todos nos encontramos en igualdad de condiciones. Si vemos a un hermano o hermana enredarse en el pecado, nuestro rol no es juzgarlo, sino restaurarlo, dirigiéndolo al perdón y al don de la no condena que se encuentra en Jesús.

La única persona libre de pecado que tenía la autoridad legal y moral para ejecutar el castigo judicial sobre la mujer era Jesús, y Él eligió no hacerlo. Jesús vino en carne para revelar el verdadero corazón de Dios, y ese corazón no es de juicio. Su esencia se manifiesta en Su gracia y en Su perdón. Me gusta resumir lo que sucedió mientras los fariseos esperaban para apedrear a la mujer: los fariseos lo harían si pudieran, pero no podían. Jesús podría si lo hiciera, pero no lo haría. ¡Ese es el Jesús que servimos!