08 Enero

La Identidad que Vence al Mundo

a person holding the hand of a child
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La Identidad que Vence al Mundo

Cuando fue bautizado, Jesús salió inmediatamente del agua; y he aquí, los cielos se le abrieron y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre Él. Y de repente una voz vino del cielo, diciendo: «Este es Mi Amado Hijo, en quien me complace bien». — Mateo 3:16–17

Tras el bautismo de Jesús, el Espíritu Santo lo condujo al desierto, donde el enemigo se presentó para tentarlo con una sutil pero peligrosa distorsión: «Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en pan» (Mateo 4:3). Al profundizar en este pasaje bajo una nueva iluminación, descubrimos un detalle revelador: el tentador omitió deliberadamente la palabra «amado». Apenas unos momentos antes, en el río Jordán, el Padre había afirmado con fuerza la identidad de Jesús como su Hijo Amado. Sin embargo, al entablar el combate espiritual, el adversario intentó despojarlo de ese afecto divino, limitando su identidad a un simple título jerárquico.

Existe una verdad profunda y transformadora en este episodio: cuando permaneces consciente de que eres el amado del Padre, ninguna tentación puede prosperar en tu contra. El enemigo comprende perfectamente que el ancla de nuestra victoria es la seguridad del amor de Dios; por ello, su estrategia principal siempre será sembrar duda sobre ese afecto. Como bien afirma la Escritura, «en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros» (1 Juan 4:10). Esta certeza es tu mayor escudo.

La respuesta de Jesús ante el ataque no fue un esfuerzo por demostrar su divinidad o su valor. Seguro en su identidad, simplemente declaró: «Está escrito: "El hombre no vivirá solo de pan, sino de toda palabra que salga de la boca de Dios"» (Mateo 4:4). ¿Y cuál había sido la última palabra pronunciada por la boca del Padre? Aquella que resonaba aún en el ambiente: «Este es Mi amado Hijo». Jesús no se alimentó solo de pan, sino de la afirmación constante del amor de Su Padre.

Te invito hoy a que personalices esta realidad y medites en ella sin cesar. Tu Padre celestial te ve a través de Cristo, y en Él, eres Su hijo precioso, alguien en quien Él encuentra un deleite absoluto. No importa si hoy luchas contra una adicción, si te consume la ansiedad o si el peso de la depresión parece insoportable; cierra los ojos y escucha la voz eterna que te susurra: «Eres mi hijo amado, en quien me complazco». Porque, como dice el salmista, «con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia» (Jeremías 31:3).

Incluso en medio de los errores o fracasos que puedas estar enfrentando, tu posición en Cristo permanece inalterable. Eres Su amado no por lo que haces, sino por lo que eres en Su Hijo. Permite que esta iluminación sature tu mente hasta que el descanso, la paz y una alegría desbordante inunden tu corazón. Si sientes la necesidad de llorar ante Su presencia, hazlo con libertad. Él comprende tu dolor, tu cansancio y tus pérdidas de una forma que nadie más puede. Recuerda que «el amor perfecto echa fuera el temor» (1 Juan 4:18); deja que ese amor te restaure, te sane y te devuelva la plenitud que solo se encuentra en el descanso de ser amado.