01 de octubre
Lo que Soportó el Salvador
Pastor Juan Carlos Pérez Corrales
Lo que Soportó el Salvador
"Su rostro estaba más estropeado que el de cualquier hombre, y su forma más que la de los hijos de los hombres." — Isaías 52:14
Cuando nos acercamos a la mesa del Señor para participar de la Cena del Señor, se nos concede contemplar los recordatorios más prácticos y profundos de Su amor inagotable. El pan y el vino no son meros símbolos lejanos, sino que encarnan la dramática y hermosa realidad de lo que nuestro bendito Salvador soportó en la cruz por amor a nosotros. Si observamos la creación, tanto los cereales como las uvas deben atravesar un proceso de profunda transformación y quebrantamiento antes de convertirse en el sustento que alimenta y alegra el corazón. El vino precioso no se obtiene simplemente contemplando las uvas, sino pisoteándolas y triturándolas por completo, permitiendo luego que reposen en la quietud. De la misma manera, nuestro amado Señor Jesús caminó por el sendero del sufrimiento vicario para que hoy podamos disfrutar de una paz inquebrantable y de una salud divina que fluye directamente de Su obra consumada.
Cada vez que partimos el pan en la Comunión, somos llamados a no apresurarnos, sino a detenernos con una profunda iluminación espiritual de Su sacrificio perfecto. En el tiempo antiguo, para conseguir el pan que sustentaba la vida, los tallos de trigo debían ser trillados mediante golpes o herramientas agrícolas en un proceso riguroso y exigente destinado a separar el grano puro. Posteriormente, aquel grano era molido implacablemente en una piedra de molino o batido en un mortero, mezclado con agua y amasado con firmeza antes de ser entregado al fuego abrasador del horno. Esta vívida analogía terrenal refleja con sublime precisión lo que el Hijo de Dios experimentó en Su propia carne. Él fue voluntariamente entregado, golpeado y lacerado una y otra vez durante Su juicio y crucifixión, cargando con todo el peso de nuestras transgresiones para regalarnos una posición de eterna justicia y favor inmerecido.
Las Escrituras nos recuerdan con conmovedora exactitud la magnitud de Su agonía cuando fue condenado, escupido, golpeado en el rostro y azotado salvajemente bajo el mandato de Poncio Pilato. Una corona de espinas fue ceñida con violencia sobre Su cabeza, clavándose cada vez más hondo con cada golpe recibido, mientras Él soportaba la humillación degradante sin abrir Su boca para condenarnos, sino para salvarnos por completo. Como declara proféticamente la palabra: "Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados" (Isaías 53:5). Todo ese sufrimiento físico y emocional ocurrió antes siquiera de ser clavado en el madero, demostrando que Su amor no conoció límites humanos. Él llevó sobre sí la maldición de la enfermedad y el dolor para que hoy podamos caminar erguidos, sanos, libres y absolutamente seguros en Su gracia inagotable. Como bien afirma el apóstol Pedro: "Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados" (1 Pedro 2:24). ¡Aleluya! Nuestra sanidad ya ha sido pagada en su totalidad, y nuestra victoria es absoluta en Él.
Di esta oración:
"Amado Padre Celestial, gracias por el cuerpo quebrantado y la sangre preciosa de tu Hijo Jesucristo. Hoy recibo con profunda iluminación la obra perfecta de la cruz. Creo firmemente que Jesús llevó todas mis enfermedades y dolores, y declaro que por Sus llagas soy completamente sano, perdonado y eternamente amado en Su gracia. Amén."


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